Los zapatos empapados!


Hace varios días, durante mi camino a casa, manejando un carro que compramos después de tres años de vivir en Canadá, bajo el privilegio de la calefacción y la comodidad, bajo la torrencial lluvia, vi a un niño de unos seis años corriendo con su padre, con algunas bolsas en la mano, tratando de escabullirse con sus pequeños pasos de las fuertes lluvias.

No tenían paraguas, no iban protegidos por nada. El padre trataba, como podía, de cubrir a su pequeño, pero era claro que llegarían a casa empapados de agua y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo. Yo, mientras esperaba el cambio de semáforo, pensaba en la posibilidad de ayudarlos, pero sería extraño que una persona totalmente desconocida les ofreciera llevarlos a casa y además, tampoco estaba en la posición de alcanzarlos, porque estaban caminando en el sentido contrario de mi camino.

El semáforo cambió, me desvié al lado contrario de padre e hijo, y continué con mi camino a casa. Durante esos siete minutos que duró mi viaje no dejé de pensar en ese niño. Recordé los tiempos en que llegamos a Canadá y no tenía ningún vehículo para hacer el mercado. Debía caminar durante veinte minutos con mis dos niños de seis y diez años hacia el supermercado. Valoraba los días soleados, pero no las temperaturas de 40 grados en las que el sol nos golpeaba fuertemente la cara y la respiración se nos acortaba. Valoraba los días con temperaturas frescas, pero no los días en los que mis hijos quedaban empapados por la lluvia mientras me ayudaban a cargar el mercado porque incluso tomar un Uber costaba más de lo que podíamos pagar.

Recordaba entonces que aquellos días vivía agradecida por haber logrado llegar a Canadá, pero nuestras vidas estaban llenas de retos diarios y a veces de grandes faltas de dinero en los que debíamos contar cada centavo para alargar nuestras finanzas lo que más pudiéramos. Asumo que ese padre, caminando bajo la lluvia, vivirá igualmente agradecido por el hecho de vivir en un país más libre y justo, pero sentirá los mismos dolores de ver los zapatos de su hijo llenos de agua, mientras otros, como yo, nos regocijamos del privilegio de estar protegidos y de tener suficiente para que a nuestros hijos no se les llenen sus zapatos de agua.

Así que empecé a pensar en la conexión que, sin querer, tenemos los inmigrantes de a pie. Aquellos que logramos llegar aquí con gran esfuerzo, los que logramos ahorrar un dinero para llegar, pero no nos alcanzó para vivir. Aquellos que aceptamos trabajos mal remunerados, trabajos físicos, maltrato, con tal de llevar alimentos a casa. Aquellos que invertimos en educación, pero debíamos decidir entre pagar la escuela o comer. Aunque sé que son muchas las personas que llegaron aquí con el dinero suficiente para pagar su escuela y vivir sin trabajar durante un año, también son muchos los que no han vivido bajo el privilegio, pero que por sus hijos persisten hasta lograrlo. O incluso también son muchos aquellos los que no han tenido un soporte económico y vienen completamente solos a enfrentar sus luchas personales sin ayuda de nadie.

Es bueno saber que hay esperanza, que ese niño que vi bajo la lluvia, en unos cuantos años estará muy bien porque sus padres han estado pensando en su bienestar y su futuro al traerlo aquí. Porque seguramente esos padres seguirán avanzando hasta lograrlo todo, hasta verlo feliz y libre. Pero qué bonito sería poder dar soporte, aunque sea pequeño, a todos estos hermanos inmigrantes, cuyas vidas lejanas, están conectadas a las nuestras de algún modo.



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