La belleza de la inmigración!

 


Muchos se preguntan si emigrar del país de origen vale la pena. Está claro que la distancia de la familia y la falta de soporte emocional son los componentes más retadores de la vida del inmigrante. Vivir sin el cobijo de aquellos que nos hacen sentir amados duele a veces desesperadamente en nuestras almas. Vivir extrañando la comida de nuestras raíces, los platos más variados y exquisitos, los momentos de calor humano que se experimentan en las sociedades colectivistas donde compartir en familia es vital para el crecimiento y desarrollo de cada individuo, nos llena de melancolía.

Todos estos componentes hacen preguntarse a cualquier persona si vale la pena hacer un cambio de tal dimensión cuando se pierde tanto en el camino. Y es cierto, emigrar no está hecho para todas las personas. Se requiere de mucha valentía y mucho esfuerzo para dar el primer paso. Sin duda alguna, la inmigración es un proceso de desprendimiento emocional de todo aquello a lo que estamos apegados, de todo aquello que hemos aprendido a amar.

Pero estas mismas razones pueden ser el motor de arranque de los valientes. De aquellos que reconocen que la distancia y el movimiento, el cambio y el desprendimiento, son un camino de aprendizaje acelerado y de valor agregado para sus vidas.

Llegar a un país ajeno, diferente, con personas que valoran otro tipo de relacionamientos, con personas de diversas culturas cuyas necesidades difieren de las nuestras, con comidas de sabores exóticos, a veces deliciosos, a veces extraños para nuestro paladar, representa una diversidad de matices que pueden contrariar nuestras emociones, pero que al mismo tiempo, nos enseña que existen formas diferentes de expresar el mismo amor.

En todas estas culturas se ama y se comparte en familia, se ríe, se llora, se disfruta y se aprende, porque todos tienen maneras diferentes de alimentarse emocionalmente. Cuando vives la diversidad, aprendes a encontrar belleza en lo desconocido, descubres, sin moverte, mundos nuevos e interesantes. Llegas a comprender lo que antes te parecía contradictorio o extraño.

Sin embargo, la verdadera belleza de la inmigración no se halla en ese aprendizaje de los otros, sino en el aprendizaje de ti mismo. La verdadera belleza de inmigrar está en descubrir tus fortalezas más grandes y tu habilidad para sobreponerte ante la adversidad. En un país foráneo, aprendes que tu valor jamás estará dado por lo que los demás piensen de ti, porque apenas tocas tierras extrañas, notas cómo los demás no tienen ni la más remota idea de quién has sido en el pasado, ni se interesan por descubrirlo. Aprendes a darte tu propio valor, a empujar con fuerza hasta lograr tus objetivos, a ganar más de lo que sabes que has dejado atrás. Aprendes a conocerte de forma más profunda y honesta, aprendes a confiar más en tu propia voluntad y fuerza.

Afuera de tu zona de confort, aprendes de resiliencia, de fuerza interior, de vulnerabilidad, de conexiones. Aprendes que es importante transaccionar con ciertas personas y a conectar con las personas correctas. Encuentras amistades que nunca creíste posibles y aprendes a cultivarlas más allá de lo que hubieses intentado hacerlo en tu país de origen. Afinas tu habilidad para escoger a las personas que quieres que te acompañen en este camino y al mismo tiempo reconoces que no tienes tiempo que perder, porque el tiempo, vale oro. Lo sabes, porque te pagan por horas y porque cada hora compartida con un amigo, equivale a años de amistad en el futuro.

La inmigración trae consigo la distancia de aquellos que te acompañaron por un largo tiempo, pero al mismo tiempo, trae consigo una belleza mucho más profunda y valiosa, la cercanía de tu propia alma. 


Martha Navarro

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