Las Sombras de la Diversidad: Racismo Encubierto
Hace unos meses, sentada en frente del escritorio en el que trabajo, escuchaba algunas historias de mis compañeros extranjeros cuyas vidas se sentían señaladas y dolientes. Historias en las que predominaban el racismo y el maltrato solo por pertenecer a un país cuya cultura es diferente.
Cuántas vidas afectadas por su color de piel, cuántos sueños boicoteados por los privilegiados, cuántas formas distintas de sufrimiento en un país lejano a sus raíces, pero cercano a la misma injusticia de la que un día decidieron escapar.
Al escucharles pensaba en mis propias diferencias, en mis formas extrañas de pensar, en mis rarezas, que incluso en mi país de origen parecían fuera de lo común e incómodas. Recordaba aquellos momentos en los que no encajaba y me sentía señalada por mis familiares y amigos. Debo decir que aunque la diferencia es hermosa y nos regala esos matices necesarios para crecer y aprender unos de otros, muchas veces son el arma que otros encuentran para apartarnos en aras de sentir superioridad.
Aquí, en un país en el que el relacionamiento profundo es escazo, pero honesto, logro sentir más inclusión que en mi propia tierra, sin embargo, aquellos cuyas raíces y personalidades son más colectivistas, perciben el rechazo inminente de una sociedad arisca y desconfiada, que duda de todo aquello que es per sé diferente.
Parece inverosímil que una sociedad más justa, se sienta al mismo tiempo como un soplo de injusticia en la que todos callan lo que les molesta, pero cada gesto grita a viva voz el desprecio y el rechazo a la diferencia. Una sociedad más justa en la que el inmigrante sabe, de entrada, que tiene que poner el pecho en el fuego ardiente si quiere ganarse el respeto de esta sociedad que habla de igualdad, pero la igualdad no se siente.
Hablemos de lo evidente, de lo que es al mismo tiempo la gloria y la tortura del inmigrante. Hablemos de la realidad de vivir en un mundo ajeno en el que encajar se hace difícil, en el que el relacionamiento es superficial e irónico, pero al mismo tiempo se te regala la idea de libertad y pluralismo. Hablemos de frente, sin evasiones, del dolor que el inmigrante sufre cuando llega a una tierra ajena en la que se siente, sin palabras dichas, como un humano de menor rango. En el que la valía no se dá por defecto de fábrica, como debería ser, sino por la cantidad de dolor que se es capaz de soportar ante la mirada irracional de los privilegiados.
Martha Navarro
