Hogar!


Hoy, mientras aterrizo en la ciudad que elegí como mi nuevo hogar, me encuentro en silencio, observando cómo el avión desciende lentamente hacia la tierra que hace algunos años era solo una idea en mi mente, un lugar lejano lleno de sueños, de promesas y de esperanzas. Al principio, este lugar me parecía un territorio distante, uno que solo conocía a través de relatos de otros, de videos de influencers que mostraban la ciudad como una tierra prometida, llena de oportunidades y logros. Y, sin embargo, hoy me doy cuenta de que no había sido consciente de cómo este lugar había comenzado a convertirse en algo mucho más profundo de lo que imaginé.

Me lancé a este reto con mi equipaje y mi anhelo por un futuro mejor. Todo parecía ser tan simple como los relatos de quienes ya lo habían hecho antes. Pero la realidad se encargó de mostrarme que migrar tiene muchos matices, bastante diferentes de lo que había imaginado.

Cuando llegué, me sentí profundamente sola, sentí una gran desprotección, tuve la sensación de estar a merced de un lugar que no entendía, de un idioma que no dominaba, de una cultura que no conocía del todo. Y mientras trataba de ajustarme a todos esos cambios, mi país de origen se iba convirtiendo en una imagen difusa que al mismo tiempo extrañaba demasiado e idealizaba. Y en mis momentos más difíciles me preguntaba si realmente había tomado la decisión correcta.

Los primeros meses fueron una lucha interna muy fuerte: por un lado, la nostalgia me empujaba a querer regresar a lo conocido, a lo que había dejado atrás; por otro, la determinación de seguir luchando por un futuro mejor me mantenía en pie. Mis primeros logros, aunque pequeños, como pasar mis exámenes, conseguir un trabajo, recibir mi primer salario, encontrar mi primer apartamento, hacían parte de un proceso mecánico, una sucesión de pasos obligados. Pero con el tiempo, he logrado entender que estos logros no solo fueron un avance personal, sino los ladrillos de unas raíces que fui construyendo sin darme cuenta.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de regresar a mi país natal con la esperanza de revivir la familiaridad de lo conocido, de comer esos platos que tanto extrañaba, de ver a mi familia, de visitar los lugares que me habían visto crecer. Pero, al llegar, algo inesperado ocurrió. A medida que ese aroma familiar estimulaba mi cerebro, me di cuenta de que el lugar al que una vez llamé "mi hogar" ya no era igual. Todo estaba en su lugar, pero yo ya no encajaba. El país que había idealizado en mi mente no se sentía tan cercano. Este descubrimiento fue profundo y transformador. A pesar de la calidez de las personas que allí me esperaron, mi antigua casa ya no era mi hogar.

Entonces, mientras observo el paisaje de regreso a través de la ventana de este avión, descubro que esas conexiones humanas y esos gestos de amabilidad que comenzaron a tejerse en mi vida en este nuevo país, es lo querealmente me hacen sentir que pertenezco. Este lugar al que tanto temí al principio y que anticipé como distante, ahora se siente parte de mí. La sensación de pertenencia que fui a buscar a mi país de origen, la siento aquí.

Y por fin, me hago consciente de que el hogar no es un lugar, sino una construcción que se va forjando con el tiempo, con cada aprendizaje y con cada conexión humana. Y aunque mi antiguo hogar siempre tendrá un lugar en mi corazón, es aquí, en esta ciudad, donde finalmente he encontrado mi lugar.

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